La desesperación es el alma de toda hazaña, el sentimiento que mejor vaticina lo venidero, déjenme ver a un hombre desesperado y vislumbraré los oscuros días que se avecinan, la sangre, el aullido, el homicida fragor del futuro.
Hay una selva espesa donde se ocultan los despiadados días. Arrabal de bestias asesinas. Y no sobrevivirás sin antes vender tu carne, tu humanidad. Así, pronto serás parte de esa selva y arrebataras, gustoso, la carne ajena.
No hay maldición más terrible que el poseer, pues con la conquista del objeto viene el temor de perderlo, y la seguridad que sustenta ese temor, pues es cierto que lo que es deja de ser con el tiempo. Tener es ya haber perdido. Esto sucede en todo campo y en toda condición. El hombre es un ser condenado a perder todo lo que ha obtenido, a que su alegría se torne, constantemente, en amargura.
Las personas llegan a pensar que un sufrimiento anterior justifica su actual estado de prosperidad o de miseria, creen que el dolor los ha redimido o los ha acabado. Lo cierto es que no se aprende del dolor más que a sufrir de formas diversas; el dolor no cura ni castiga, únicamente se hace variado. La prosperidad o la miseria son sólo mutaciones de un mismo padecimiento que ha sabido perdurar en el cambio.
El azar es Dios sin voluntad, el eco de una voz perdida hace tanto tiempo ya. El azar es el único ídolo que no precisa culto ni admiración pues sus liturgias son constantes y eternamente oscuras.
La imagen repetida mil veces y la incierta figura arquetípica de un fulgor llanamente duradero. Líbrame dios mió de esta piel desesperante, de estos ojos, de este cabello que envuelve noches interminables. Dame la soledad y la resignación.
La carne y sus patéticas necesidades, y más patético aun quien no se da cuenta que esas mendicidades son las trazas del camino al paraíso, que también es el infierno.