Quien no sufre se quema, dice Luis Rosales. Pero nunca pensé que el sufrimiento se asemejara a la fiebre de los días, al ropaje ardiente de esa bestia que todo lo devora y que trae entre sus garras pájaros oscuros y dolorosos.
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Forma de tigre tiene el deseo, y su claridad devora la cordura de mi carne. El deseo duele como zarpas.
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Si algo como un dios existiera, criatura desvariante y omnipotente, todos mis ruegos, todas mis oraciones, no tendrían otra forma que esta frase breve: ¡Señor mió, dame la muerte!
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El que la vida no tenga sentido es ciertamente confortante.
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La oscuridad me pesa, como a Demócrito el mundo, me ensordece la sonrisa demediada del invierno, y su toque sobre mi garganta es la simulación de un homicidio. Los ruidos de las aceras, los lejanos paraísos que nunca serán nuestros, la añoranza de la inexistencia, todo se ha perdido con el frio, todo ha quedado congelado dentro de la sombra y yo ya no tengo ojos para poder arrancarlos.
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Que la noche cubra con su aliento oscuro este patético fragor, esta ruidosa multiplicación a la que se ha abandonado la humanidad ignorante. Que la piedad descubra el velo que ciega a los hombres y les permita empuñar el arma que los liberará de su eterna agonía.
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Las horas me lastiman con su fatigoso caminar, no hay instante que no lamente seguir existiendo, las manecillas de un reloj insistente destrozan mi paciencia y me auguran una muerte que tarda una eternidad en llegar. Porqué no habré nacido muerto.
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El aire me falta, todo es brumoso, como si la noche hubiera caído de repente, los latidos del corazón me aprisionan, me obligan a seguir atento de esta miseria. Pero el aire me falta y algo así como una esperanza oscura y un milagro deleznable, comienzan a alimentarse de mi razón delirante.
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